“130 años de historia, formando hombres y mujeres para los demás”

 

La preocupación social por la clase obrera de la ciudad de Concepción dio origen a nuestro colegio el año 1887 de la mano del sacerdote jesuita Carlos Infante.

El terreno donde nace el colegio, estaba ubicado cerca de la línea férrea y el patio de maniobras de ferrocarriles, lo que va a definir desde sus inicios, el tipo de alumno que va a atender. Estos provendrían de los sectores más populares de Concepción.

La mayoría de estas familias no podían pagar la educación de sus hijos, así que la Hermandad del Sagrado Corazón, fundada en 1878 por el mismo padre Infante, financiará la escuela, lo que le dará el derecho para que lleve su nombre. La Escuela del Sagrado Corazón abre sus aulas a estas familias el año 1887.

Sin embargo, los terremotos destruirían la escuela ubicada en calle Los Carrera, (1939 y 1960), no así su labor educativa que continuó en barrancones levantados para no interrumpir la educación.

En los años posteriores se comienza con la reconstrucción de la Escuela. Estos últimos trabajos serán liderados por el Padre Manuel Fincheira Vega s.j., quien fue el Rector del Colegio desde 1942.

Es así como el colegio inicia el desafío de extenderse hacia la enseñanza secundaria. Momento en que deja de llamarse Escuela del Sagrado Corazón, para pasar a denominarse “Escuela Superior N°3 San Ignacio”, siendo inaugurada el 18 de agosto de 1946.

En el año 1977, se completa la educación coeducacional, bajo la rectoría del Padre José Luis Davies SJ, recibiendo mujeres en todos los cursos.

Entre 1985 y el año 2000, asumirá la dirección del colegio el último jesuita que cumpla con esta labor, el Padre Carlos Hurtado s.j. Quien crea la primera insignia e himno del Colegio, adaptado de aquel que los Jesuitas Vascos le cantan a su santo fundador.

Sin embargo, la obra más significativa del Padre Carlos en el colegio de Concepción, se concretará el año 1995, cuando extienda su escolaridad hasta la educación media. En 1999 egresa la primera generación de educación media.

Con la creación de la enseñanza media, el establecimiento pasó a llamarse “Colegio San Ignacio de Concepción”. Para lo cual, el sostenedor del colegio también cambia, el que recayó en la “Fundación San Juan del Castillo”, que será la sucesora natural de la Corporación Iñigo de Loyola. Desde entonces, los rectores también han sido laicos.

Al año 2002, la matricula del colegio seguía creciendo y necesitaba nueva casa, además de querer marcar mayor presencia en la comunidad, por ello nació, al amanecer del milenio, la idea de un nuevo hogar. Se inician las gestiones para trasladar el colegio al otro lado del Río Bío Bío, en la reciente creada comuna de San Pedro de la Paz.

El 10 de marzo de 2008, el Colegio comenzó sus clases en la comuna de San Pedro de la Paz y el antiguo edificio, durante mismo año, pasa a formar el centro de estudios INFOCAP, que imparte cursos a gente trabajadora, que no tiene otra opción de capacitación, devolviendo este espacio a los más pobres y especialmente a la formación del mundo obrero.

El actual Colegio San Ignacio cuenta con una infraestructura tres veces mayor que la antigua Escuela. Ahora nuestro desafío es contar con un lugar que genere condiciones litúrgicas adecuadas para el encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que identifique el corazón del Colegio y marque el rumbo para todos nosotros; la Capilla del Colegio San Ignacio.

Ya son años de soñar juntos con la construcción de la Capilla, pero hemos de hacerlo siempre con profundo y efectivo sentido de solidaridad comunitaria que compromete nuestros mejores esfuerzos y tiempos.

El 2017, el Colegio San Ignacio Concepción cumple 130 años en que ha puesto en el centro de su labor educativa, la búsqueda de la excelencia. Pero no se trata solo de lo académico, sino también de la excelencia humana y cristiana, formando hombres y mujeres para los demás.

De este modo, la educación la entendemos como una invitación permanente a la superación personal, lo que se resume en el “Magis Ignaciano”, esto es, multiplicar al máximo los dones recibidos de Dios, para ponerlos al servicio de los demás.